La reforma litúrgica del Concilio Vaticano II

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A lo largo de los siglos, el año litúrgico se ha ido desarrollando y modificando en función de los centros de interés que marcaban en cada momento la vida de la Iglesia. Aunque hay que precisar que muy a menudo estas modificaciones iban en detrimento de lo que, desde la experiencia de la Iglesia de los primeros siglos, era más central en la vida cristiana.

El ejemplo más claro de este deterioro de los aspectos más centrales de la celebración cristiana es, sin duda, la evolución de la Vigilia Pascual, que, de ser una celebración que se desarrollaba como una vigilia de noche en espera de la resurrección del Señor, pasó a celebrarse el sábado por la mañana, de forma que el triduo de la muerte, sepultura y resurrección del Señor perdió su simbolismo más genuino.

El movimiento litúrgico que ya desde el siglo XIX se abrió paso en la Iglesia llevó a cabo una inmensa tarea de concienciación de cara a recuperar estos aspectos más centrales y originarios de la liturgia cristiana, que se tradujo muy pronto en una serie de reformas realizadas por el papa Pío X a principios del siglo XX, recuperando por ejemplo el canto gregoriano que permitía la participación del pueblo, o haciendo que el domingo recuperara también su carácter primordial y dejara de estar ocupado por celebraciones de los santos u otro tipo de fiestas, o promoviendo la comunión frecuente como máxima forma de participación en la Eucaristía. Pero sin duda el paso más visible de esta recuperación litúrgica fue la reinstauración, por parte del papa Pío XII en el año 1955, de la celebración de la Vigilia Pascual por la noche. Todo un símbolo y una primicia de la gran obra litúrgica que al cabo de unos años llevaría a cabo el Concilio Vaticano II.

La reforma litúrgica del Concilio Vaticano II transformó, en efecto, el rostro de la liturgia católica. El paso del latín a las lenguas vivas, la colocación del presidente de cara a la asamblea, y las diversas formas de participación en la celebración por parte de los laicos y laicas son, sin duda, las adquisiciones más visibles de esta transformación, que retornó a lo que la liturgia tiene de más original y valioso, y que en el transcurso de los siglos se había ido perdiendo. Pero también, aunque resultaran menos visibles y vistosas, las reformas que afectaron al año litúrgico fueron igualmente notables e importantes.

Son especialmente destacables, en primer lugar, la consolidación de las reformas que ya se habían realizado en años anteriores y que hemos citado antes. Básicamente, la recuperación de la centralidad del domingo como celebración semanal de la resurrección del Señor, en el que se van siguiendo paso a paso, al ritmo de los diversos tiempos litúrgicos, los aspectos centrales de la historia de la salvación, y que solo en casos excepcionales ha de sustituirse por otras fiestas. Y, junto con la centralidad semanal del domingo, la centralidad anual del Triduo Pascual de la muerte, sepultura y resurrección del Señor, con la Vigilia Pascual como momento culminante.

Y, junto con esto, cabe destacar la remodelación del conjunto de los tiempos litúrgicos, para enfatizar todas sus riquezas, y ayudar a vivirlos con mayor intensidad. Para conseguirlo, no hay duda de que lo más determinante fue el hecho de que, actualmente, la lectura de la Palabra de Dios en nuestras celebraciones es abundante y variada, siguiendo el sentido de cada tiempo o siguiendo también, cuando corresponde, una lectura continuada del evangelio. Para ello, se elaboraron los libros (denominados “leccionarios”) con las lecturas correspondientes para los domingos, para los días laborables de cada tiempo litúrgico, y para las celebraciones de los santos. Los domingos y las fiestas principales (denominadas “solemnidades”) las lecturas son siempre tres; los días laborables, en cambio, son solo dos.

Las lecturas de los domingos están distribuidas en tres ciclos, denominados A, B y C, en cada uno de los cuales se leen lecturas distintas, para asegurar esta presencia abundante y variada de la Palabra de Dios. Cada ciclo tiene un evangelio que es el que se lee principalmente: en el ciclo A el evangelio de Mateo, en el B el de Marcos y en el C el de Lucas; mientras que el de Juan se lee sobre todo en Cuaresma y Pascua.

En los días laborables (denominados “días feriales” o “ferias”), por otra parte, hay lecturas propias también para cada día. Durante el tiempo de Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua las lecturas se repiten cada año y destacan los acontecimientos y actitudes propios del tiempo; mientras que en el tiempo ordinario la lectura evangélica se repite cada año como una lectura continua, mientras que la primera lectura está distribuida en dos series distintas para los años pares e impares.

Es oportuno tener a mano toda esta riqueza de lecturas. Por ejemplo, con los misales manuales (el Misal de la asamblea dominical, de la editorial San Pablo, para los domingos y festivos, o el Nuevo misal del Vaticano II, de la editorial Desclée de Brouwer, para los domingos, festivos y laborables). O para que sea más fácil, alguna de las publicaciones mensuales que ofrecen las lecturas que corresponden a cada día del mes, como por ejemplo La misa de cada día, de Editorial Claret.

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